De vez en cuando, una vez cada medio año, más o menos, que sale una serie que, de pronto, se convierte en un absoluto fénomeno social. Todo el mundo, incluso aquella gente que prácticamente nunca ve series, se pone a verla de tantas veces que la ha oído nombrar y que se la han recomendado. Estas series, claro está, siempre tienen un elemento en común. Tienen algo que las diferencia del resto, algo que las hace especiales, algo que las hace parecer estar por encima de las demás. En este caso, es el tratar de un suicidio de una manera rompedora y, aparentemente, misteriosa y respetuosa a la vez (o como por ejemplo era el enfoque ochentero de Stranger Things). Pero en muchas ocasiones (que no siempre), estas series pueden resultar algo tramposas. Hoy hablaremos de 13 Reasons Why, la nueva serie del momento.

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Empecemos por la trama. Una adolescente, después de diversas situaciones que la han llevado a caer en una profunda depresión, decide suicidarse. Sin embargo, no antes de grabar 13 cintas explicando con detalle los culpables y las razones de su suicidio. Vamos a pasar por alto lo poco creíble que resulta que alguien en una profunda depresión sea capaz de analizar tan fríamente cada detalle de su vida (algo que resulta ya complicado en sí).

La serie tiene varios fallos que se dejan entrever prácticamente desde el episodio 1. Y es que intenta crear un thriller de suspense “¿Quién mató a Hannah Baker?” mientras, a la vez, te intenta inculcar a lo largo de la serie el mensaje “Todos lo hicimos”. No literalmente, desde luego, pero busca siempre el remordimiento, el remover la consciencia del espectador. Busca exactamente lo que Hannah Baker busca realizando las 13 cintas antes de su suicidio. Hacer sentir mal a todos aquellos que alguna vez le hicieron algo, hacerles sentir culpables de su propia muerte.

No voy a defender hasta que punto es legítima esa práctica o, mejor dicho, hasta que punto deja de ser una defensa y empieza a ser un cruel contraataque. O como algunos han dicho por ahí, una venganza. Y es que eso es un punto que ha resultado muy polémico en esta serie, ¿hasta que punto el suicidio de Hannah Baker es un suicidio y no una venganza? Porque al fin y al cabo, la serie nos muestra como las cintas de Hannah destrozan las vidas de 13 personas, algo que resulta, por lo menos, peligroso. Por un lado nos cuenta un comportamiento muy humano, desarrollando pequeñas situaciones que, poco a poco, van carcomiendo por dentro a la protagonista, mientras que por otro lado juega demasiado con personajes, comportamientos y oportunismos demasiado poco realistas.

Y es que muestra comportamientos muy poco sanos como si no lo fueran. Y por momentos pierde el norte, dando importancia a cosas que no la tienen y viceversa, creando un espiral de situaciones de relleno que no aportan nada ni a la trama ni a la psicología de Hannah (que es lo que se supone que tendría que ser lo esencial, empatizar con su personaje, algo que al menos conmigo, no lo han conseguido en absoluto). Nos intenta enseñar, como si fuera una dura fábula, que se puede hacer daño a las personas de muy diversas formas, a veces sin ni siquiera darte cuenta.

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Y eso está muy bien y me parece muy acertado, pero ahí es donde entra la polémica: ¿hasta que punto es legítimo que te hagan sentir mal por algo que no sabías o que no eras consciente que había hecho daño? La contestación que nos da “13 Reasons Why” es que, de esta forma, estos errores no se volverán a repetir. Pero no nos engañemos, precisamente son estos errores los que son imposibles de no cometer nunca. ¿Siempre podemos ser mejores? Claro que sí, pero no somos perfectos y no siempre estamos en condiciones de poder hacerlo.

Hay gente que por eso critica el propio suicidio, diciendo que es infundado y que Hannah es demasiado débil y lo hizo para llamar la atención. Con eso sí que no estoy de acuerdo, y es que a cada uno le afectan las cosas de forma diferente y eso no se puede juzgar. El problema es que muestran a Hannah prácticamente como una heroína, como si hubiera hecho justícia en el mundo mediante su (atacante) suicidio. Dejando a Hannah y a Clay, el “héroe” de la serie, como dos personajes ejemplares. Y es que lo único que tienen de ejemplares, es que no tienen mala fe. Pero como personajes dejan mucho que desear (la pasividad de Clay o la aprensión de Hannah por todo lo que le rodea).

No lo muestran como un comportamiento que se puede cambiar, como algo con lo que se puede luchar, lo muestran como formas de ser que no son ni buenas ni malas, sencillamente son y hay que respetarlo. Y hay que respetarlo hasta cierto punto, pero siempre destacando que no son comportamientos sanos. Porque nadie puede decir que no actuar ante situaciones desagradables y dejar que pasen o dejar que lo que la gente piense de ti te afecte de forma desproporcionada son comportamientos buenos. No son criticables porque alguien que los tenga será por algo, pero sí son mejorables y siempre hay que tratar de hacerlo. En general, la serie peca de simple en la separación que hace de “personajes buenos” y “personajes malos”.

En definitiva, una serie que resulta entretenida (más o menos) y que ofrece una regular intriga que entorpece el dramatismo y la profundidad de la serie, dejándola en poco más que un interesante pero bastante fallido intento de revolucionar a la juventud más allá del rato en el que están viendo la serie, habiendo series que han conseguido entrar en el mundo de la juventud de forma mucho menos forzada y más respetuosa.

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